Surgió... como surgen las cosas -me dijo- de una necesidad.
Parecía obnubilado y tartamudeaba, su apariencia, poco mejor que su dialéctica, me hizo permanecer escéptico y, quizás, tratarlo con cierto desdén. Me limité a contestar de la forma más monosilábica que pude. Mientras hablaba, yo intentaba recordar de forma poco fructífera los motivos que hasta allí me habían llevado, lo cual, debo reconocer, me hacía flotar en un estado de confusión muy parecido al suyo.
Había algo en él que me hacía permanecer a su lado; cierto grado de complicidad en su mirada creo. O, quizás, sólo en mi subconsciente.
Una de sus preguntas retóricas, con las que prácticamente acababa todos sus enunciados, me trajo de vuelta a aquella noche vaporosa. Sentí el gélido metal del banco de un parque cualquiera, en el que habíamos decidido pararnos sin plantearnos siquiera porqué estábamos allí, a continuar nuestra conversación, su monólogo, más bien: no hablaba conmigo. Aunque se dirigiese a mí, era, supongo una cuestión de cortesía.
Recuerdo la luz de aquella farola, intermitente y amarillenta, sobre nuestras cabezas; recuerdo su descuidada indumentaria y su desaliñada barba. La atusaba después de cada breve pero intensa idea que lanzaba al aire. Fue aquella pregunta la que me hizo convertir aquel murmullo, hasta entonces indescifrables en mi mente, en duda. Quise saber más.
- como surgen las cosas, ¿entiendes?
Nosotros dos sólo somos una idea... somos un proyecto que espera cobrar vida.
Dos ideas, diferentes pero complementarias. ¡No hay ideas opuestas! sólo respuestas a necesidades. ¡Eso somos!
Este pensamiento no dejó de rondar mi cabeza durante el resto de la semana.
Aquel cuaderno que me dió comenzaba a coger polvo sobre mi escritorio, pero no me había atrevido aún a abrirlo. Creo que por miedo a que sólo fuese un loco, y las ideas que había sembrado en mi cabeza, sólo devaneos de un viejo escritor, brillante antaño, sumido en el más espeso fango de sus delirios ahora...
Parecía obnubilado y tartamudeaba, su apariencia, poco mejor que su dialéctica, me hizo permanecer escéptico y, quizás, tratarlo con cierto desdén. Me limité a contestar de la forma más monosilábica que pude. Mientras hablaba, yo intentaba recordar de forma poco fructífera los motivos que hasta allí me habían llevado, lo cual, debo reconocer, me hacía flotar en un estado de confusión muy parecido al suyo.
Había algo en él que me hacía permanecer a su lado; cierto grado de complicidad en su mirada creo. O, quizás, sólo en mi subconsciente.
Una de sus preguntas retóricas, con las que prácticamente acababa todos sus enunciados, me trajo de vuelta a aquella noche vaporosa. Sentí el gélido metal del banco de un parque cualquiera, en el que habíamos decidido pararnos sin plantearnos siquiera porqué estábamos allí, a continuar nuestra conversación, su monólogo, más bien: no hablaba conmigo. Aunque se dirigiese a mí, era, supongo una cuestión de cortesía.
Recuerdo la luz de aquella farola, intermitente y amarillenta, sobre nuestras cabezas; recuerdo su descuidada indumentaria y su desaliñada barba. La atusaba después de cada breve pero intensa idea que lanzaba al aire. Fue aquella pregunta la que me hizo convertir aquel murmullo, hasta entonces indescifrables en mi mente, en duda. Quise saber más.
- como surgen las cosas, ¿entiendes?
Nosotros dos sólo somos una idea... somos un proyecto que espera cobrar vida.
Dos ideas, diferentes pero complementarias. ¡No hay ideas opuestas! sólo respuestas a necesidades. ¡Eso somos!
Este pensamiento no dejó de rondar mi cabeza durante el resto de la semana.
Aquel cuaderno que me dió comenzaba a coger polvo sobre mi escritorio, pero no me había atrevido aún a abrirlo. Creo que por miedo a que sólo fuese un loco, y las ideas que había sembrado en mi cabeza, sólo devaneos de un viejo escritor, brillante antaño, sumido en el más espeso fango de sus delirios ahora...